Wednesday, November 29, 2006

Articulo: Un regalo sorpresa

Autor: P. Ricardo Sada, L.C.

La pequeña chimenea que dominaba los techos de San Pedro era nuestra única conexión con la Capilla Sixtina y con los cardenales que en ella celebraban el cónclave. Cuando tímidamente empezó a salir el humo blanco, el ritmo vital de aquella apacible tarde del otoño romano cambió por completo. Todos corrimos hacia la Plaza de San Pedro y en un momento la habíamos llenado.

El ambiente era de una fiesta expectante. Parecía mentira que Juan Pablo I hubiera pasado tan rápidamente por la sede de San Pedro y que en menos de dos meses estuviéramos esperando otra vez el nombre del nuevo Papa. El hombre al que se le iba a encargar una misión que a todos nos parecía muy difícil si no es que imposible: llenar el vacío dejado por el Papa Juan Pablo I, quien con su bondad, sencillez elegante, buen humor y una sonrisa transparente, había conquistado todos los corazones.

Por fin, el Cardenal Pericle Felici salió al balcón y se hizo un gran silencio: "Os anuncio una gran alegría: tenemos Papa". Según la fórmula acostumbrada en latín, pronunció primero el nombre de pila: Carlos. Mientras pausadamente repetía los títulos de "eminentísimo y reverendísimo señor cardenal", todos tratábamos de recordar quién de los cardenales italianos se llamaba Carlos y sólo nos venía a la memoria el de Milán: Carlo Colombo.

Al escuchar "Wojtyla", un murmullo de estupor y sorpresa recorrió la plaza. Una señora italiana que escuchaba atentamente a mi lado se puso las manos en las mejillas y gritó: "Han elegido a un negro". Fue su forma espontánea de manifestar la sorpresa al ver que, por primera vez en más de cuatro siglos, no había sido elegido un italiano. "No, señora, es un polaco". "Y usted, ¿cómo sabe?", me respondió sorprendida. Yo lo había conocido tres días antes en la Misa que todos los cardenales habían concelebrado en San Pedro justo antes de entrar al cónclave.

Ese día fui su ayudante personal para conseguirle los ornamentos y ayudarle a revestirse. Al igual que mis compañeros, siendo un seminarista estudiante de filosofía, yo tenía la ilusión de que me tocase ayudar a uno de los cardenales italianos famosos y considerados papables. Pero no fue así. Me asignaron a un "ilustre desconocido".

Lo que inicialmente me pareció mala suerte al final me dejó un gran sabor de boca porque el desconocido tenía una sencillez, simpatía y forma de tratar cautivadoras. Se interesó por mi nacionalidad y estudios, por mi congregación a la que no conocía en ese tiempo, bromeó conmigo, como lo hizo cuando semanas más tarde le pude hacer una visita y poniendo su mano en mi hombro me dijo: "Yo creo que tú fuiste el culpable de que me eligieran Papa". Combinaba esa forma de ser con una profunda piedad, notoria por la forma en que se preparaba para la Misa y el fervor con que se arrodilló para orar al final de la misma ante La Pietá de Miguel Ángel.

Por fin, el Papa salió al balcón. Inmediatamente conectó con la multitud. Parecía que todo era novedad esa noche: el primer Papa polaco, el primero no italiano en casi cinco siglos, el aire desenfadado de un Papa que pedía a los romanos le corrigieran cuando se equivocase al hablar en italiano; hasta la voz firme y grave que rebotó entre las columnas de Bernini acostumbradas al timbre más agudo y opaco de los últimos cuatro papas. íCuánta energía y seguridad se percibían detrás de esa voz!

Aquella noche y unos días después, en la ceremonia del solemne inicio de su pontificado, Juan Pablo II consagró las tres frases que podrían ser el resumen de su programa de trabajo para los 26 años de pontificado:

1. "Sea alabado Jesucristo"

Fue su primera frase pública como Papa y el saludo a la gente congregada en la Plaza de San Pedro. Ésa era su motivación y el sentido de su vida. Juan Pablo II aceptó la carga del pontificado porque la entendía como un servicio a ese Cristo al que se consagró como sacerdote siendo todavía un joven estudiante. Para un cristiano, ésa es la explicación de la existencia humana. Venimos de Dios y vamos hacia la eternidad con Él. Lo demás tiene valor en función de ese convencimiento.

Muchos resaltan la relevancia política de su pontificado, la defensa de los derechos humanos, la lucha por la paz, pero todo, en última instancia, tenía en el corazón de Juan Pablo II una misma clave: servir a Cristo en sus hermanos. Por eso fue siempre hombre de oración y, a pesar de sus innumerables y urgentes responsabilidades, dedicaba muchas horas al día a la oración. íQué fácil era orar a su lado!

2. "Abrid de par en par las puertas a Cristo"

Juan Pablo II recorrió muchos miles de kilómetros en estos 26 años llevando el mensaje del Evangelio a todos los rincones del Planeta. Él era consciente de que la fe es una opción personal, la amistad con Dios tiene que ser aceptada en el corazón por cada uno en lo particular y, cuando esto sucede, se hacen luminosos los horizontes de la vida humana. Él lo sabía por experiencia personal y quiso transmitirlo a todos los hombres.

3. "No tengáis miedo"

Juan Pablo II recorrió como mensajero de esperanza los caminos de un mundo atribulado, lleno de miedos e incertidumbres. Un mundo en el que todo pasa tan rápido que el vértigo se ha hecho un modo de vida. Un mundo al que no se le ve rumbo definido y en el que los valores tradicionales han sido sometidos uno tras otro a profundos cuestionamientos.

Quizá Karol Wojtyla tendría serias justificaciones para sentir miedo en el ya lejano octubre de 1978. Se enfrentaba a una tarea nueva y sembrada de retos desconocidos. Conocía poco también del país que albergaba la sede de Pedro. Muchos temían que, por ser polaco, su nombramiento fuese interpretado como una provocación por la entonces superpoderosa Unión Soviética y su régimen comunista. Juan Pablo II recibía el timón de una Iglesia que llevaba 15 años debatiéndose por salir de la tormenta que originó el Concilio Vaticano II y el doloroso pero necesario proceso de adaptación y renovación subsiguiente.

Sin embargo, la esperanza en su corazón fue siempre más fuerte que el miedo y Juan Pablo II fue un hombre profundamente coherente con sus convicciones: Dios no nos puede dejar cuando tratamos de serle fieles. Quizá por eso su imagen tuvo siempre ese imán, el atractivo que conquistó el respeto y el afecto tanto de creyentes como de no creyentes.

En 1978, nadie se podía imaginar lo que vivimos en estos 26 años de la mano de Juan Pablo II. Hoy se ha ido, pero nos deja el testimonio de su vida. Hombres como Juan Pablo II son los que dan lustre a la humanidad. Necesitamos líderes que sepan creer con realismo en la bondad que encierra la naturaleza humana y en la huella que Dios le ha querido imprimir. Necesitamos más hombres como él, convencidos de que el mundo puede ser mejor y dispuestos a dar su vida para demostrarlo y hacerlo realidad.

El autor es sacerdote legionario de Cristo, licenciado en Derecho y licenciado en Filosofía.

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